La destitución del juez federal argentino Alfredo Eugenio López debería ser observada con atención en toda América Latina. No porque establezca que criticar a Israel sea antisemitismo —no lo es—, sino porque marca con claridad dónde termina la crítica política y comienza el prejuicio contra los judíos.
El Jurado de Enjuiciamiento resolvió remover al titular del Juzgado Federal N.º 4 de Mar del Plata por mal desempeño. Y dejó algo fundamental expresamente establecido: López no fue destituido por sus opiniones sobre Israel, Gaza o el conflicto de Medio Oriente.
“La Constitución protege también la palabra que incomoda, irrita u ofende”, señala el voto del jurado Nicolás Mayorás.
El problema fue otro.
El Jurado examinó 15 publicaciones y republicaciones en X, determinó su autenticidad y concluyó que no eran exabruptos aislados, sino una conducta caracterizada por su “persistencia y sistematicidad”.
López preguntó públicamente “a quiénes son leales los judíos que residen en nuestra patria”, habló de una “judiada interna y externa” y publicó la fotografía del gran rabino de la AMIA preguntando si ante una eventual ampliación de la Corte se utilizaría “la Torá o la Constitución Nacional”. En otra ocasión calificó a los judíos como “raza de víboras”.
Eso no es criticar a Netanyahu ni defender a los palestinos. Es trasladar la discusión desde las acciones de un Estado hacia los judíos como colectivo.
El Jurado concluyó además que esas expresiones encuadraban dentro de los parámetros del discurso de odio del Test de Rabat, al incitar especialmente a la discriminación y al “no reconocimiento de iguales derechos” contra la comunidad judía argentina.
Pero el corazón del fallo es otro: un juez debe garantizar que cualquier ciudadano pueda confiar en que será juzgado sin prejuicios por su origen o religión. López, según el tribunal, “dinamitó la confianza de la ciudadanía” en su capacidad para administrar justicia imparcialmente.
La distinción es fundamental: criticar a Israel no es antisemitismo. Pero el antisemitismo tampoco deja de serlo simplemente porque alguien lo disfrace de crítica a Israel.
El Jurado tampoco condenó penalmente a López. Determinó algo distinto: que su conducta era incompatible con continuar ejerciendo como magistrado.
El propio fallo lo resume mejor:
“No se destituye aquí a un ciudadano por opinar. Se remueve a un juez porque su conducta pública […] se ha vuelto incompatible con la imparcialidad, el decoro y la confianza pública que esa misma investidura exige.”
La libertad de expresión protege incluso palabras que incomodan u ofenden. Pero cuando el prejuicio destruye la confianza indispensable para administrar justicia, deja de ser solamente una discusión sobre palabras.
Tiene consecuencias.
Fuente:
Gomberoff, J. (19 de agosto de 2026). El caso del juez López y las consecuencias de ser antisemita. La Razón. https://larazon.pe/por-jacky-gomberoff-el-caso-del-juez-lopez-y-las-consecuencias-de-ser-antisemita/

